Existe una confusión importante cuando comenzamos a hablar de consciencia, percepción ampliada, clarividencia, mediumnidad, experiencias extracorporales, visiones o contacto con realidades perceptiblemente expandidas.
Solemos organizar estas posibilidades de una manera bastante simple:
cuerpo
mente
espíritu
Como si todo aquello que excediera la percepción corporal ordinaria perteneciera necesariamente al ámbito espiritual.
El ser humano no se reduce al cuerpo físico.
Pero que una experiencia exceda el cuerpo físico no significa que haya trascendido la individualidad.
Porque la individualidad humana es mucho más extensa que su modalidad corporal.
El cuerpo constituye solamente su modalidad más densa, sensible y exterior.
Además de ella existe todo un dominio sutil.
Pensamiento.
Imaginación.
Sueño.
Imágenes interiores.
Estados modificados de consciencia.
Fenómenos energéticos.
Percepciones extrasensoriales.
Clarividencia.
Mediumnidad.
Experiencias visionarias.
Determinados fenómenos llamados paranormales.
Todo esto puede implicar dimensiones de la experiencia que no se reducen a los sentidos corporales ordinarios.
Pero eso no basta para llamarlas espirituales.
lo invisible no es necesariamente trascendente.
Puede haber realidades invisibles que pertenezcan todavía al orden de la manifestación.
Puede haber percepciones extraordinarias sin que exista realización metafísica.
Puede haber una enorme expansión de las posibilidades humanas sin haber trascendido todavía el estado individual.
La cuestión, entonces, deja de ser:
¿qué puede percibir una persona?
y pasa a ser:
¿desde qué estado del ser se produce esa percepción?
Cuando hablo de individualidad no estoy hablando solamente del ego psicológico en el sentido contemporáneo.
Estoy hablando de todo aquello que constituye un estado determinado y condicionado del ser.
La existencia humana pertenece a ese orden.
Y dentro de nuestra individualidad pueden distinguirse diferentes modalidades.
modalidad corporal:
el organismo, los sentidos, la percepción física, el espacio, el tiempo y las condiciones propias de la existencia material.
Y modalidades sutiles:
psíquicas, mentales, imaginativas y otras posibilidades que ya no dependen directamente de la corporeidad.
Esto significa algo profundamente importante:
salir de los límites de la percepción corporal no significa necesariamente salir de los límites del individuo.
Una persona puede acceder a dimensiones de sí misma que ignoraba.
Puede percibir información que no parece provenir de los sentidos ordinarios.
Puede experimentar modificaciones radicales de la percepción del cuerpo.
Puede tener experiencias de desdoblamiento, visiones, intuiciones extraordinarias o fenómenos mediúmnicos.
Y, sin embargo, continuar encontrándose dentro de una modalidad ampliada del mismo estado individual.
La frontera metafísica no está entre:
visible e invisible.
Está entre:
individual y supraindividual.
La expansión psíquica
Podríamos llamar expansión psíquica al desarrollo, apertura o activación de posibilidades sutiles pertenecientes todavía a la individualidad.
El campo perceptivo aumenta.
Pero quien percibe continúa siendo el individuo.
Hay más información.
Hay más sensibilidad.
Hay más fenómenos.
Hay más posibilidades.
Pero la estructura fundamental continúa siendo:
yo experimento algo.
Yo veo.
Yo escucho.
Yo percibo.
Yo recibo información.
Yo contacto.
Yo canalizo.
Yo sano.
Yo accedo a determinado plano.
Puede haber una modificación extraordinaria del contenido de la experiencia sin que haya ocurrido una modificación equivalente en el principio desde el cual esa experiencia está siendo vivida.
Y esto explica algo que de otro modo resulta paradójico:
una persona puede poseer capacidades psíquicas extraordinarias y continuar siendo profundamente egocéntrica.
Puede ser clarividente y seguir identificada con su identidad.
Puede percibir dimensiones sutiles y seguir gobernada por el miedo.
Puede tener fenómenos mediúmnicos y continuar buscando reconocimiento.
Puede atravesar estados extraordinarios y convertirlos inmediatamente en una nueva identidad:
“soy alguien especial”.
“tengo un don”.
“veo lo que otros no ven”.
“puedo acceder donde otros no pueden”.
La capacidad cambió.
La identificación no necesariamente.
La individualidad simplemente incorporó un nuevo atributo.
Por eso el fenómeno, por extraordinario que sea, no constituye por sí mismo un criterio de realización espiritual.
El ego también puede apropiarse de lo espiritualizado.
Puede acumular experiencias igual que acumula objetos.
Puede construir identidad alrededor de sus percepciones.
Puede sentirse superior por aquello que experimenta.
Puede convertir una capacidad en jerarquía.
Puede incluso desarrollar una identidad cuya materia prima sea precisamente la supuesta desaparición del ego.
Entonces aparece una forma mucho más sofisticada de individualidad:
el individuo que se identifica con haber trascendido al individuo.
Y esta posibilidad obliga a introducir un criterio completamente diferente.
No preguntarnos solamente:
“¿qué experimentó?”
sino:
“¿qué ocurrió con la identificación?”
Porque puede cambiar radicalmente el contenido de la consciencia sin cambiar el centro desde el cual esa consciencia se organiza.
Una experiencia siempre supone, al menos mientras pueda describirse como experiencia:
alguien que experimenta
y
algo experimentado.
Existe todavía una polaridad.
“Yo tuve una experiencia de unidad.”
“Yo vi una realidad diferente.”
“Yo sentí que todo era uno.”
“Yo salí de mi cuerpo.”
“Yo percibí otra dimensión.”
Todas esas experiencias pueden ser extraordinariamente importantes, porque la realización espiritual, en su sentido más estricto, no consiste fundamentalmente en que el individuo contemple realidades cada vez más extraordinarias.
Consiste en la superación efectiva de la limitación que hacía del individuo el centro absoluto de referencia.
Por eso existe una diferencia radical entre:
ampliar lo que el individuo puede experimentar
y
trascender al individuo como medida exclusiva de lo real
Esta segunda posibilidad nos acerca mucho más a aquello que se entiende por realización.
Lo espiritual no es una experiencia más intensa
Este punto es fundamental.
Lo espiritual no sería simplemente:
más percepción,más energía,
más visiones, más sensibilidad,más información,
más consciencia en sentido psicológico.
Porque todo eso puede seguir perteneciendo a una expansión indefinida de las posibilidades individuales.
Y lo indefinido no es lo infinito.
Se podría aumentar indefinidamente el número de cosas que un individuo es capaz de percibir sin franquear por ello el límite de la individualidad.
El salto metafísico no es cuantitativo.
Es cualitativo.
No consiste en:
percibir más.
Consiste en:
dejar de reducir el ser a aquello que percibe como individuo.
La realización metafísica no es simplemente saber algo intelectualmente.
Tampoco es experimentar algo emocionalmente.
Es conocer siendo, es la comprensión bajando sentido orgánico, a través del ser
Deja de ser
“yo comprendo intelectualmente que existe unidad”.
Ni siquiera:
“yo tuve una experiencia en la que sentí la unidad”.
Significa algo mucho más radical.
Aquello que era conocido como una realidad exterior deja de ser simplemente objeto de conocimiento.
El ser reconoce —o realiza— aquello que es.
Tanto el ser como el individuo es unidad.
Y ahí ya No se trata solamente de adquirir comprensión acerca de estados superiores.
Se trata de actualizar efectivamente posibilidades del ser que exceden el estado individual.
Pero esto tampoco significa que la individualidad deba ser destruida.
Este punto es muy importante.
Trascender no significa aniquilar.
El individuo continúa existiendo en su propio orden.
El cuerpo continúa funcionando.
La memoria continúa funcionando.
Existe un nombre.
Una historia.
Una personalidad psicológica.
Determinadas características.
Preferencias.
Vínculos.
Responsabilidades.
Nada de ello tiene necesariamente que desaparecer.
Lo que cambia es su estatuto.
Ya no constituye la totalidad del ser.
Podríamos expresarlo así:
antes:
soy exclusivamente este individuo.
después:
este individuo es una modalidad mediante la cual el ser se manifiesta.
El desplazamiento es enorme.
No cambia necesariamente el personaje.
Cambia aquello con lo que el ser se identifica exclusivamente.
Superar el individuo no significa fundirse en una mente colectiva.
Ni acceder simplemente a un inconsciente colectivo.
Ni experimentar una consciencia cósmica entendida como acumulación de psiquismos.
Miles de individualidades juntas no producen lo Universal.
No es un “yo” expandido hasta abarcar el universo.
Es la superación de la condición misma que constituye al individuo como tal.
Esto permite realizar y presentar capacidades psíquicas porque se expresa la unidad del ser
Podríamos resumir finalmente la diferencia de esta manera.
En la expansión psíquica:
el individuo amplía sus capacidades.
En la realización espiritual:
se trasciende la identificación exclusiva con la individualidad.
En la expansión psíquica:
aparecen nuevos contenidos de consciencia.
En la realización espiritual:
se modifica el principio desde el cual consciencia, identidad y realidad son comprendidas.
En la expansión psíquica:
yo accedo a más.
En la realización espiritual:
la pregunta comienza a ser:
¿quién es ese “yo” que afirma acceder?
Y todavía más profundamente:
¿es realmente ese yo individual el principio último del conocimiento?
Esta diferencia es extraordinariamente fecunda.
Porque entonces podemos comprender que existen al menos dos formas completamente distintas de “expansión de consciencia”.
Una expansión horizontal:
cada vez más fenómenos,
más percepciones,
más estados,
más información,
más sensibilidad.
Y una realización vertical:
un desplazamiento respecto del nivel mismo desde el cual el individuo se consideraba el centro y la totalidad del ser.
La primera puede ampliar enormemente el territorio de la experiencia.
La segunda modifica el estatuto del experimentador.
Y podríamos llevarlo todavía más lejos:
la expansión psíquica amplía el mundo del individuo.
La realización espiritual relativiza al individuo mismo.
En una, el yo descubre territorios que desconocía.
En la otra, descubre que nunca fue la totalidad desde la cual esos territorios existían.
Y ahí emerge la expansión diagonal,
Aquella en la que lo supraindividual no elimina al individuo, sino que comienza a expresarse a través de su singularidad.
El ser no reemplaza al humano, lo atraviesa.
Y el humano deja de crear solamente desde su historia, su identidad o sus condicionamientos para convertirse en lugar de aparición de algo que antes no existía.
Lo originario.
Quizá por eso la pregunta verdaderamente metafísica no sea:
¿hasta dónde puede llegar nuestra consciencia?
sino:
¿qué queda cuando dejamos de tomar la consciencia individual como medida de la totalidad de lo real?

